Archive | October 2012

Diversidad

Es curioso cómo funciona la mecánica de la memoria y cómo algunas imágenes y olores pueden activar recuerdos que vagan por los recovecos, por las esquinas de nuestra mente.

He vivido esta experiencia a lo largo de estos días, en los que muchos recuerdos de mi niñez han cobrado fuerza ante las imágenes habituales que nos deja el Aid el Kebir, la “Pascua Grande”, o como tradicionalmente se ha llamado en Melilla “la Fiesta del Borrego”, aunque hay que reconocer que para el borrego en sí, este día tiene de fiesta lo que para un pavo lo tiene la Navidad.

Y es que, aunque mis padres tienen su casa enfrente del campo de fútbol del Tesorillo, en esa parte del Barrio que se conoce como “Tesorillo Grande”, gran parte de mi infancia se desarrolló en el “Tesorillo Chico”, en ese grupo de viviendas que se extiende entre el río de Oro y las antiguas vías del “tren del mineral”, donde vivían mis abuelos y mis primos.

Hoy, como ha ocurrido en casi toda la ciudad, la fisonomía del barrio ha cambiado mucho, pero entonces era una zona de casas matas, con calles con poco tráfico y con puertas eternamente abiertas por las que los niños entrábamos y salíamos “como Pedro por su casa”. Y en cuanto apretaba un poco el calor los vecinos sacábamos las mesas y las sillas (y hasta los televisores) a la puerta, y la calle Jacinto de Obal, se convertía en una gran sala de estar, donde las familias compartían conversaciones, preocupaciones o simples chascarrillos.

Y así era como aprendías, sin darte apenas cuenta, tus primeras lecciones sobre diversidad, cuando mi amigo “Jaimito” merendaba en casa de mi abuela y en lugar de “foie-gras” pedía que le hicieran un bocadillo de atún o cuando yo merendaba en su casa y cuando pedía mortadela, su madre sacaba un cilindro metálico y cortaba rodajas de fiambre de ave y me hacía un bocadillo que a mí me parecía riquísimo.

Y, sobretodo, cuando se acercaba “la fiesta del borrego” y, desde unos días antes, el paisaje del barrio cambiaba con la presencia de estos animales de lana recia y cuernos retorcidos, que los niños intentábamos hacer el centro de nuestros juegos con el consiguiente enfado de nuestros mayores. Y si algún borrego molestaba en exceso los vecinos hablaban y terminaba alejado de las casas en la zona de la explanada cerca del río donde compartía espacio con nosotros mientras jugábamos al fútbol, al “pilla-pilla” o a “poli-ladron”. Todavía me acuerdo del asombro reflejado en la cara de mis primos de Madrid, un año que vinieron coincidiendo con esta fiesta, porque nunca habían visto de cerca un borrego, algo que al resto nos parecía increíble.

Y el día de la fiesta, junto a la solemnidad del acto del sacrificio, recuerdo el ejemplo de buena vecindad de las familias que mataban un borrego compartiendo parte del mismo con otros vecinos de manera que durante unos días todos comíamos pinchitos de cordero. Cosa que se repetía a la inversa cuando se celebraban otras festividades.

En parte por estos recuerdos y experiencias, cuando leí el libro de Samuel Huntington, “El Choque de Civilizaciones”, no me convenció en absoluto la visión pesimista de que las diferencias culturales nos condenan necesariamente al enfrentamiento. No me convence la imagen de que las distintas culturas son bloques monolíticos, antagónicos y dominados por mentalidades intolerantes.

 

Creo que olvida algo fundamental, que “lo cultural” se hace real a través de las personas que somos portadoras de principios y valores, y aunque es cierto que la historia de la humanidad está plagada de episodios violentos, no lo es menos que los seres humanos hemos demostrado siempre nuestra capacidad para adaptarnos, para entendernos, para encontrar soluciones compartidas a los problemas comunes.

Se olvida muchas veces, que la gestión más auténtica de la diversidad  no se produce en la comparación abstracta entre culturas, sino en el día a día de muchas comunidades de vecinos, en el puerta a puerta de muchas personas que comparten espacios, problemas cotidianos y, sobre todo, el deseo de ser felices, de vivir mejor, de cuidar de los suyos y que saben que cualquier aspecto que afecte a la convivencia se resuelve mejor dialogando y buscando aquello que nos une, que siempre es más que lo que nos diferencia.

Y, por eso, al final a lo que todos aspiramos es a poder expresarnos con libertad, a que nuestra opinión sea tenida en cuenta, a sentirnos respetados y tratados en pie de igualdad, a tener oportunidades de mejorar en todos los aspectos de nuestra vida. Aspiraciones que están en la base de ese “contrato” que funda toda sociedad.

En estos momentos, en nuestra Ciudad se habla con insistencia de un “pacto social”, a mí me gustaría que todos tuviéramos presente que la fuerza transformadora de un acuerdo social no radica en las grandes palabras, ni siquiera en las bellas intenciones, sino en el compromiso y el trabajo constante por avanzar en un modelo económico y social que nos garantice a todos y a todas la posibilidad real de progresar, de mejorar en pie de igualdad.

Gregorio Escobar
El Faro 29 de octubre 2012

En torno al 15-S

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.”

Estas son, como muchos recordarán, las últimas palabras que Salvador Allende dirige al pueblo de Chile antes de ser asesinado durante el golpe de Pinochet y, en el momento de escribir estas líneas, vienen a mi mente al contemplar a los cientos de miles de personas que se manifiestan en Madrid convocadas por las organizaciones que integran la Cumbre Social, en defensa del Estado Social y Democrático de Derecho que consagra nuestra Constitución.

Sin duda, la visión del Pueblo, de ciudadanos y ciudadanas, tomando pacíficamente las calles para defender sus derechos y libertades constituye una imagen muy poderosa, que entronca con los orígenes de la conformación de los modernos estados democráticos. No en vano, cuando Giuseppe P. Da Volpedo quiere representar, en su cuadro de 1901 “El Cuarto Estado”, a los trabajadores y trabajadoras que como nuevo grupo irrumpen en la escena social y política, lo hace, precisamente, recreando a hombres, mujeres y niños, que dialogando entre sí, y de forma serena pero inexorable avanzan a la conquista de su futuro.

Más de cien años después, hay motivos para seguir saliendo a la calle, lo que, a primera vista, puede parecer frustrante, pero que, en realidad, no es más que la constatación de que la construcción de una sociedad libre, de iguales y justa, es decir, más democrática es un proceso siempre inacabado, y en el que además, como nos demuestra la actualidad, a poco que nos descuidemos, se pueden dar pasos atrás.

Precisamente, la idea de que las sociedades democráticas han llegado a su plenitud, y que no hay nada más por lo que luchar, es uno de los “mantras” en los que se basa la ideología neoliberal, desde la década de los 80 del siglo pasado, para debilitar las estructuras políticas y sociales. Para fomentar la edificación de una sociedad en la que cada persona sólo se preocupa por la satisfacción de su interés inmediato, por aquello que puede consumir aquí y ahora, en lo que Lipovetsky denominó “el individualismo narcisista”, frente a ese otro ideal de individuo que desde un punto de vista constructivo permite la afirmación del carácter único de cada persona, y al mismo tiempo el encuentro con otros para construir un destino compartido.

Por eso, resulta estimulante que el 15-S en Madrid y el 12-S en muchas ciudades de España, entre ellas Melilla, miles y miles de ciudadanos saliéramos a la calle a reivindicar que creemos en una sociedad entendida como un proyecto colectivo, en el que la sanidad universal, la educación pública, la protección a los desempleados, a las personas mayores, a las personas con discapacidad, la igualdad entre hombres y mujeres, la defensa de la negociación colectiva, de los derechos laborales y sociales y de los servicios públicos entre otros, constituyen pilares a los que no vamos a renunciar, porque no vamos a dejar paso a un modelo social pensado para que vivan bien los pocos que más tienen.

Esta “toma de las calles” en pos de un proyecto común, constituye, también, la prueba de que a los ciudadanos y ciudadanas nos interesa la política, y que queremos influir en el desarrollo de la misma, sobretodo cuando tomamos conciencia de la repercusión que tienen las decisiones que se toman en su ámbito sobre el devenir de nuestras vidas. Y que, por tanto, la desafección que se aprecia en parte de la ciudadanía se centra en las formas tradicionales de hacer política.

Esta realidad, tiene que llevarnos, a quienes militamos desde la convicción en los principios que fundamentan la democracia, a una doble reflexión.

En primer lugar, la que nos corresponde a todos como ciudadanos, para desconfiar de quienes quieren hacernos creer que hoy las organizaciones políticas y sindicales ya no sirven, que son una rémora para el desarrollo económico y social. En sociedades tan complejas y plurales como las actuales, que requieren de procesos establecidos para articular el interés general, debilitar a los partidos políticos y a los sindicatos es una forma de aislar a los ciudadanos, de disgregarnos para dejar las decisiones en manos de élites que no se someten al escrutinio de la voluntad popular.

Y en segundo lugar, la que nos corresponde a quienes formamos parte de partidos políticos, para llevar a cabo una autocrítica constructiva que nos permita adaptarnos de forma constante a las nuevas realidades sociales sin renunciar a los valores que conforman nuestras más profundas convicciones, para de esta manera abrir nuestras organizaciones, retroalimentarnos de forma permanente de las aspiraciones, anhelos e iniciativas del conjunto de la ciudadanía, y responder a sus problemas.

En el PSOE, como ya hicimos en otros momentos, asumimos con valentía el reto de la innovación y del cambio y plasmaremos nuestros compromisos en la Conferencia Política que celebraremos en las próximas semanas.

Compromiso social, participación ciudadana y defensa de nuestro estado de bienestar son ingredientes que también necesitamos para que nuestro país salga de la crisis.

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro el 17 septiembre 2012

Un espacio de reflexión

La actualidad manda y, el ritmo vertiginoso de los acontecimientos hace que nos veamos inmersos en el corre-corre del día a día. Un ritmo que, en demasiadas ocasiones está reñido con una (necesaria) reflexión más sosegada y profunda.

Ciudadanos progresistas de Melilla, se toman la libertad de hacer esa reflexión. Desde la humildad, pero desde el compromiso con esta tierra y con sus conciudadanos.

Desde el respeto, pero con la contundencia que da la coherencia y el trabajo realizado hasta ahora.

Desde la calma, pero desde la firmeza de saber que no hay crisis que sirva de excusa para atacar los derechos de los ciudadanos ni traspasar las líneas rojas que han hecho grande este país y un ejemplo a seguir en el mundo entero, como es la Sanidad Pública y universal, la educación, los derechos civiles, la Ley de Dependencia…

Desde lo global, pero teniendo siempre, siempre Melilla en el corazón.

Un espacio de reflexión que queremos que sea tuyo, nuestro, de todos.

Muchas gracias

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