Archive | November 2012

Casablanca

Un día como hoy, 26 de noviembre, de hace 70 años se exhibía por primera vez en el Teatro Hollywood de Nueva York, y haciéndolo coincidir con la invasión de la tropas aliadas del Norte de África, la película CASABLANCA.

Se iniciaba así la andadura de una película que hoy está entre las cintas de culto de la historia del cine y que, sin embargo, y a diferencia de grandes producciones como Lo que el viento se llevó, inicialmente estaba concebida como un film más de propaganda de los que en ese momento se realizaban en Hollywood. Fíjense, lo que podía haber sido esta película, que según la rumorología el primer actor que se pensó para protagonizarla fue Ronald Reagan. Reagan ha sido uno de los presidentes estadounidenses más belicistas y además fue el padrino político de la economía neoliberal que con sus planteamientos de desregulación de los mercados puso los cimientos de la crisis económica actual, así que lo último hubiera sido que además se hubiera cargado Casablanca, vamos, imperdonable.

Sin embargo, el magistral guión, cargado de puntos humorísticos y trasfondo político que articularon los gemelos Epstein y Howard Koch, la dirección consistente de Michel Curtiz  y las memorables interpretaciones tanto de secundarios de lujo como Claude Rains o Sidney Greenstreet como de los protagonistas Ingrid Bergman y, sobre todo y ante todo, del eterno Bogart, hicieron que Casablanca se convirtiera en un Clásico.

 

 

Un clásico en el sentido que le da Italo Calvino que refiriéndose a los libros dice “un clásico es aquel en el que descubrimos cosas que siempre habíamos sabido, que de alguna manera ya eran nuestras, habitaban en nuestra memoria y en nuestros pensamientos, pero no lo habíamos podido formular, sistematizar y argumentar como el clásico lo hace”.

Y, efectivamente, mucho de eso hay en Casablanca al abordar temas intemporales. Por ejemplo el dilema permanente que se ve en toda la cinta entre el amor y el cumplimiento del deber, que se zanja de forma maestra en la última escena cuando entre la niebla y los acordes de “El tiempo pasará”, Ilsa y Rick descubren que las tribulaciones de tres personas son insignificantes ante la magnitud de lo que se juega la humanidad.

Y la ironía infinita con la que se denuncia la hipocresía y la corrupción del poder establecido cuando el prefecto de policía cierra el “Rick´s café americain”  porque en él se juega ilegalmente mientras que por detrás el crupier le entrega las ganancias del día.

A estas alturas, agudo lector, ya habrá descubierto que ésta es una de mis películas favoritas y que no sería capaz de contar las veces que la he visto, pero la vea cuando la vea hay una escena que siempre me emociona, aquella en la que se produce un auténtico duelo musical entre un grupo de “nazis” que están cantando “El guardián sobre el Rin” y el resto de los clientes del café que los hacen callar entonando “La Marsellesa”. Que fuerza posee la aparente simplicidad de la imagen de un grupo de personas de distintas nacionalidades, exiliados, de países oprimidos, que sin embargo encuentran lo que los une al levantar la voz contra la intolerancia y el totalitarismo a los acordes de ese canto universal a la Libertad, que nos invita a marchar unidos contra la tiranía, que es “La Marsellesa”.

Pero si tuviera que destacar algo de esta película, junto a las escenas y frases inolvidables, yo me quedo con la superación del escepticismo por parte del personaje de Bogart. Hay que recordar que Rick es un americano que ha luchado contra el fascismo apoyando a los republicanos españoles contra Franco (lo que evidentemente fue censurado en el primer doblaje en España en 1946),  pero que después, por distintas vicisitudes, se ha armado con una careta escéptica que le lleva a no comprometerse con nada ni con nadie, y sin embargo a lo largo de la cinta va recordando los principios y valores que un día le llevaron a tomar partido y termina marchándose con el Jefe de policía a la zona francesa libre a seguir luchando por la Libertad.

Hoy vivimos en un mundo dominado muchas veces por el escepticismo, incluso me atrevería a decir, por el cinismo, dónde están las grandes causas por las que luchar, dónde los grandes proyectos en los que comprometerse. Y, sin embargo, son muchas las razones para seguir trabajando y muchas las personas que se comprometen. En la erradicación de la violencia contra las mujeres, en la lucha por la Paz, frente a dogmatismos y sectarismos, en la lucha contra la pobreza, en la defensa de una medio ambiente profundamente amenazado. Muchas las causas que convergen en la gran causa global, la de construir un mundo y una sociedad mejor.

Desde esta perspectiva, y desde mi personal visión, sigue habiendo motivos para comprometerse en que la política sea esa noble actividad centrada en las personas y protagonizada por los ciudadanos/as que pretende mejorar la vida de todos y todas, liberándola de ese yugo que pretende someterla exclusivamente a principios economicistas.

En definitiva, queridos lectores, les invito a que vuelvan a ver esta maravillosa película que es Casablanca y que tengan presente esa cita de Romain Rolland que nos recuerda que “Héroe es aquél que hace todo lo que puede”.

 

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro / 26 de noviembre 2012

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Invisibilidad ciudadana

El miércoles por la tarde fui a tu casa a verte, pero no estabas –me dijo mi vecina en el ascensor-. No -le contesté- fui a la manifestación, junto a un buen grupo de ciudadanos y ciudadanas. Ella, algo ruborizada, me comentó que había pensado ir, pero que al final no lo hizo porque creía que por mucho que la gente protestara, nada cambiaría si los que tienen la mayoría absoluta no están dispuestos a hacerlo. Le dije que no debía avergonzarse por no haber asistido, que uno de los grandes avances de este país es el de poder tomar tus propias decisiones con libertad. Haciendo un poco de historia, le recordé que la primera huelga general reconocida en España fue en el año 1855 y ha habido varias hasta el comienzo de la dictadura franquista, periodo en el que fue imposible cualquier manifestación sindical y, por supuesto, mucho menos, una convocatoria de huelgas; hasta la etapa de la transición, los españoles no volvimos a tener la posibilidad de –como leí en el periódico El País hace unos días-, emplear este gran recurso democrático que tiene la capacidad de acoger el descontento de la ciudadanía. Pero –me comentó mi vecina-, se están volviendo a oír algunas voces que hablan de limitar el derecho a la huelga e incluso Mariano Rajoy alabó a aquellos que se quedaban en casa, que no se unían a las protestas. ¿Sabes qué ocurre? –le respondí-, que este gobierno tiene todo un récord y es que en menos de un año se han convocado dos huelgas generales y, según escuché ayer en un programa de televisión, ha habido, en el 2012, cerca de 30.000 protestas en la calle; creo que piensan, que lo mejor para estos difíciles momentos que estamos viviendo es, lo que yo llamaría la “invisibilidad ciudadana”: si el problema no se ve, no existe; si nadie protesta, es que hay apoyo a nuestras decisiones. Y te aseguro que es una actitud muy, muy equivocada. Por muy claro que tengamos que no van a variar sus políticas de recortes y de obsesión por el déficit, yo sigo convencida de que estos actos sirven para remover conciencias y provocar en los que gobiernan, al menos, ciertas dudas sobre las decisiones tomadas o las que se vayan a tomar y que afectan tan directamente al bienestar de la gente.

La historia ha demostrado que estas manifestaciones sí pueden cambiar la sociedad y como ejemplo, la marcha feminista de sufragistas en Londres, en 1906, que consiguió el voto  de las mujeres en Inglaterra, o la del famoso 1 de mayo, en la que los trabajadores reivindicaban lo que hoy nos parece un derecho incuestionable (en estos días, no tanto), la jornada laboral de ocho horas. La movilización obrera ha conseguido, en nuestro país y en muchos otros, grandes logros que han cambiado el rumbo del mundo. ¡Qué mala memoria tenemos los españoles! –añadió mi vecina-, a veces nos olvidamos de que mucho de lo que los trabajadores hemos conseguido a lo largo de nuestra historia, ha sido gracias a las negociaciones de los sindicatos con los diferentes gobiernos. Es cierto –le contesté- y por eso, en este momento en el que estamos retrociendo en derechos laborales y sociales, no podemos caer en lo que llamaría “desafección sindical” (aludiendo a la tan famosa “desafección política”); no podemos creer a aquellos que intentan convencernos de que la labor de los sindicatos actuales es prácticamente innecesaria, porque “aquellos”, son los mismos que aprueban leyes que nos desprotegen y nos hacen retroceder.

Las manifestaciones para pedir mejoras de las condiciones de vida es algo que se hace desde casi el comienzo de la historia del ser humano (dicen los entendidos que la primera huelga general fue en tiempos del faraón Ramses III, en al año 1166 ac) y este derecho es de toda la ciudadanía, no debe entenderse que pertenece a “unos” o a “otros”; la calle es el servicio más público del que todavía disponemos y, siempre de forma pacífica y respetuosa, es un buen altavoz para la ciudadanía; no es positivo para el progreso de la sociedad que los gobernantes apaguen su volumen. Martin Luther King dijo que “tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros” y yo estoy de acuerdo, muy de acuerdo.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro el 19 de noviembre de 2012

Tabiques y Cimientos

Uno de los grandes regalos, de los grandes privilegios que tiene ser padre es poder ver el mundo reflejado a través de los ojos de tus hijos, incluso en las conversaciones aparentemente más triviales.

Hace unos días, merendando en una cafetería con mi hijo mayor, en el intervalo entre dos de sus actividades extraescolares, me estaba hablando de un video de los Pokemon que quería que viera, y me dijo “cuando lleguemos a casa lo buscamos en youtube”, y yo le contesté “tendremos que esperar unos días porque tenemos un problema con la conexión de Internet” y ni corto ni perezoso mi hijo respondió “pues lo vemos a través de tu tablet”.

Mas allá de que siempre me maravillo de la capacidad de mi hijo y otros niños y niñas de su edad para memorizar el nombre de todos los Pokemon con sus correspondientes evoluciones, lo que me hace pensar en lo que tuvo que ser memorizar la lista de los Reyes Godos, lo que más me llamó la atención fue caer en la cuenta de que estaba manteniendo, con total naturalidad, una conversación sobre dispositivos telemáticos con un niño que está a punto de cumplir siete años. Y es que como dice el dicho, “los tiempos avanzan que es una barbaridad”.

Por resumir en una frase estos avances, recordemos sólo, que nosotros en la escuela dábamos “Pretecnología” y nuestros hijos estudian y trabajan en el colegio con “Nuevas Tecnologías”. Hemos pasado, en una generación, de la segueta y el contraplaqué a las pizarras electrónicas y los ordenadores portátiles en las aulas. Por cierto, y perdónenme este inciso, ¿hay algo más difícil que ponerle el pelo a una segueta sin romperlo?, por Dios que trauma escolar.

Yo, todavía me acuerdo cuando a un buen amigo le regalaron el primer ordenador que veíamos, El “spectrum 48K”, que nos parecía algo de ciencia ficción, llegó luego el “Commodore 64K” y después, el primero que me compraron a mí, el “Commodore 128K”, que parecía el no va más. Cómo nos encerrábamos en el cuarto, lo conectábamos al televisor, metíamos el “casette” y después de esperar una eternidad escuchando un montón de ruidos extraños mientras cargaba los programas, nos pasábamos la tarde jugando al “Comando” o al “One on One”.

Hoy si intentas explicarle esto a alguien más joven te mira con la misma expresión con la que analizaría el esqueleto fosilizado de un Dinosaurio.

Pero junto a estos regalos, la paternidad es, sobre todo y desde siempre, una fuente de responsabilidad, por definición los padres y las madres pensamos en el futuro de nuestros hijos. Tal vez la frase de mi padre que más me ha marcado sea la de que “hijo la única herencia que puedo dejarte es que te saques una carrera que te permita abrirte paso en la vida”. Y cuando veías a tu padre irse a trabajar a las siete de la mañana volver a las tres, comer y volver a salir por la tarde a un segundo trabajo para darnos el nivel de vida y las oportunidades que el creía que nos merecíamos, sabías que aquello no era una simple frase sino el sentido y el objetivo de una vida.

Nuestros padres pertenecen a una generación que vio como a partir de los 80 se establecía en España, gracias al esfuerzo y compromiso de la gran mayoría de ciudadanos que había hecho posible la llegada de la democracia, el consenso socialdemócrata que en el resto de Europa se impuso a partir de la II Guerra Mundial y que permitió desarrollar un Estado de Bienestar que supuso que trabajadores y clases medias conquistaran derechos que hasta entonces estaban al alcance de unos pocos.

La intervención del Estado en el ámbito económico para garantizar la libertad de empresa pero evitando los excesos del puro mercado, el desarrollo de servicios públicos que garantizan la cobertura sanitaria pública y universal, una educación pública de calidad, con un sistema de centros públicos, tasas y becas que hace que llegar a la universidad no sea una misión imposible para los hijos de familias de rentas medias y bajas, la garantía de un sistema de pensiones que da tranquilidad ante el riesgo de verse incapacitado para trabajar o de cara a la vejez, la protección a los desempleados para hacer posible que quien pierde un trabajo tenga temporalmente un colchón que le permita seguir manteniendo a su familia y poder reincorporarse al mercado de trabajo, etc…, son los rasgos que definen un modelo social que ha permitido avanzar al mismo tiempo en libertad e igualdad de oportunidades, construyendo una sociedad más justa, mas humana, desde luego la que yo quiero no sólo para mí sino sobre todo para mis hijos y nietos.

Nosotros sin embargo, nos enfrentamos al riesgo y a la incertidumbre que supone que este modelo esté sometido a un constante ataque. Este modelo social hace décadas que fue puesto en cuestión por economistas como Friedman o Hayek, que defienden reducir a la mínima expresión la intervención del Estado, que han abogado para que los mercados no estén sujetos a ninguna regulación, que poner impuestos a los más ricos va en contra del desarrollo de la economía y que toda inversión en protección social debe ser eliminada. Esta forma de pensar ha sido puesta en marcha en países como EE.UU. y Gran Bretaña, con las consecuencias que todos conocemos, se dispara la desigualdad y la falta de regulación de la economía ha permitido prácticas especulativas que han provocado la mayor crisis en los últimos 80 años.

De verdad, ¿esto es lo que queremos para nuestros hijos?, porque en España en estos momentos se adoptan decisiones que nos llevan en esta dirección. Por utilizar una imagen explicativa si nuestro modelo social es la gran casa de todos, ahora se están tomando decisiones que no afectan a los tabiques sino que desmantelan los cimientos, y ya se sabe lo que ocurre cuando se le quitan los cimientos a una casa.

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro 12 de noviembre 2012

La juventud

Después de cuatro semanas de escribir para ustedes, ya van conociendo mis conversaciones con mi vecina y haciéndose una idea de cómo es y cómo piensa. Hoy me tomo la libertad de contarles que ayer vino a casa en un momento en el que yo discutía con mi hija de 13 años porque, según me dijo, “soy la que se recoge antes, eres la madre más estricta, todas mis amigas se van más tarde que yo” (¿les suena la historia?).  Esta conversación con mi hija es habitual casi todos los fines de semana, pero, como me dijo mi vecina, “así son los adolescentes y lo han sido desde siempre”. Efectivamente –le contesté-, la historia se repite desde hace muchos años y, como curiosidad, le leí estas frases extraídas del libro que acabo de terminar, en el que el rico Marwarn Aben Yunus,  dice a su joven hijo Muhamad: “Es que me da la impresión de que no me escuchas; que estás siempre pensando en ir a los campos con el azor y en divertirte, cuando yo estoy tan preocupado”. Este texto pertenece al libro Alcazaba, del escritor Jesús Sánchez Adalid, que se desarrolla en la Mérida convulsa y revuelta del siglo IX (desde entonces y desde mucho antes regañábamos a nuestros hijos por las mismas cosas).

Siguiendo a Carles Feixa – profesor universitario español especializado en el estudio de la cultura juvenil-, las reformas en la escuela, el mercado de trabajo, la familia, el servicio militar, el nacimiento de las asociaciones juveniles y el mundo del ocio, hicieron que, alrededor de 1900, surgiera la idea de la adolescencia como una generación diferente a la de los adultos. Desde entonces, estas etapas evolutivas (no es lo mismo adolescencia que juventud) han venido acompañadas de adjetivos como conflictivas, difíciles, problemáticas…, lo que el psicólogo y educador norteamericano Stanley Hall, denominó en 1904, como periodos de storm and stress (tormenta y agitación). “Pero las generaciones de chicos y chicas van a peor, cada vez tienen menos valores”, comentó mi vecina. Yo no estoy de acuerdo con esta apreciación –le contesté-, porque, claro que existen jóvenes indisciplinados, delincuentes, agresivos, etc., pero también hay muchos en nuestro país, que son responsables, solidarios, muy formados académicamente y con alta implicación en la sociedad actual. No creo que exista de forma generalizada una crisis de valores, sino un cambio en los mismos, causado por el tiempo y el contexto en el que les ha tocado vivir. A pesar de los innumerables artículos y comentarios publicados sobre el Síndrome del Adolescente Permanente – denominado de Peter Pan-, los excesos con el alcohol y las drogas, las conductas sexuales prematuras, etc…, tenemos la generación de jóvenes más preparada de la historia de nuestro país y que, como consecuencia de esta tremenda crisis que nos azota y de las negativas políticas laborales que se están aplicando actualmente, muchos de ellos salen de España a buscar otro futuro. “Nuestra historia también se repite en esto” –añadió mi vecina-. La UNESCO, en el año 1983, ya advertía que “del conjunto de la sociedad, el grupo de los jóvenes es el más vulnerable a las repercusiones del estancamiento económico, ya que es el primero en sentir los efectos de las condiciones de la crisis”.

 

 

“Pero, fíjate la desgracia que ha ocurrido en Madrid, el día de Halloween. Antes no organizábamos fiestas así”, me dijo. Le argumenté que lo que no podemos es “demonizar” la diversión de los jóvenes por lo que ha ocurrido, como estoy leyendo en algunos artículos de diferentes medios; la normativa para evitar que pasen estos terribles hechos existe, lo que no está muchas veces es la voluntad de cumplirla a rajatabla y eso es lo que la justicia debe perseguir con todos sus medios.

Son muy interesantes las reflexiones aportadas a un periódico nacional por José Antonio Marina, en el año 2009, en las que manifiesta que, lejos de eludir la responsabilidad de los jóvenes sobre sus actos, tenemos que pensar si somos los adultos los que estamos educándolos bien o mal, los que los hemos convertido, por nuestras propias  historias de vida, en lo que hoy son. Lo positivo es que, en muchos casos, todavía podemos reconducir el “serán”.

Mi vecina se despidió diciendo que “mucho protestamos de ellos, pero sabemos que lo peor de la juventud es que termina”. Sí –le dije- y no desesperes con tus hijos, que los seres humanos tenemos una gran facilidad para el cambio; como ejemplo, fíjate en Ángela Merkel, que de joven fue camarera de discoteca y vivió de okupa en un edificio de apartamentos de la Alemania Comunista.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro 5 de noviembre 2012