Archive | April 2013

EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Llevo varios días dándole vueltas a una teoría que recuerdo haber leído en algún momento de mi vida: el Principio de Incertidumbre del físico alemán Heisenberg, premio Nobel en el año 1932. Dicho principio supuso un importante papel en la mecánica cuántica y en el avance del pensamiento filosófico; por mi formación, académica, este último aspecto es el que más me interesa y se refiere a que, según este supuesto, la ciencia no sabe a dónde se dirige y a que el conocimiento científico está a merced de los caprichos imprevisibles del universo. Y no sé lo que me ocurre, pero no puedo evitar pensar en el Principio de Incertidumbre y asociarlo al gobierno de Mariano Rajoy. “No te entiendo absolutamente nada”, me dijo mi vecina algo airada, volviendo juntas de las compras semanales del supermercado; “te lo explico ahora mismo, verás como todo tiene su lógica”, le contesto.

Hace ya año y medio que el Partido Popular ganó las elecciones, lanzando sobre todo dos mensajes que, por circunstancias obvias, calaron en la ciudadanía: “con nosotros bajará el paro” (“crearemos más de tres millones y medio de empleos”, famosísima frase dicha por Esteban González Pons durante la campaña electoral) y “toda la culpa es de Zapatero y de la herencia recibida”. Pues bien, es ya evidente por los últimos datos de la EPA (más de 6 millones de parados y el reconocimiento por parte del gobierno de que en esta legislatura se destruirán más de 1.3 millones de empleos) y por muchas otras cosas, que ninguno estos dos mantras eran ciertos. Pero lo peor es que la sensación que este gobierno genera en el país es que no tiene ni idea de lo que va a hacer para sacarnos de esta situación, que nos ha exigido mucho y nada funciona (“la ciencia no sabe a dónde se dirige”), lo que nos genera mucha incertidumbre.

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No hay más que escuchar y hablar con la ciudadanía para comprobarlo: ¿cómo va a salir España de esta situación?, no sé qué va a ocurrir con mi empleo, no sé cómo voy a pagar las deudas de este mes, mi prestación termina este mes y no sé si podré continuar cobrándola, no sé si podré pagar la matrícula de la universidad de mis  hijos, qué va a ocurrir con las pensiones, etc, etc.

Pero a esta realidad contribuye, además de las erróneas medidas económicas y sociales que se han puesto en marcha, la inseguridad que los miembros del gobierno nos generan con sus ambiguas declaraciones: creemos que, intentaremos hacerlo, nuestra intención es…, son algunas de las expresiones más empleadas por Mariano Rajoy, los ministros y representantes del Partido Popular.

A esto le unimos los ya muy comentados eufemismos, o lo que es lo mismo, denominar las cosas de otro modo para que no nos enteremos y parezca que la situación es mejor de lo que realmente es; la última perla ha sido la de Soraya Sáenz de Santamaría, al denominar a la subida de impuestos anunciada el viernes como “novedad tributaria”. Lo contrario de la incertidumbre es la certeza, aunque no sea buena, pero eso es lo que la ciudanía quiere y necesita: protección y verdades. En ningún país democrático se puede concebir que, después de los últimos terribles datos del desempleo, no hayan comparecido ya ni la Ministra de Empleo ni el Presidente del Gobierno para explicarnos todo (o casi todo) lo que necesitamos saber.

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A esta sensación permanente de inseguridad, duda y perplejidad, se une la impresión de que estamos bajo la dominación  casi absoluta de los dictámenes de una parte de Europa (“el conocimiento científico está a merced de los caprichos imprevisibles del universo”) y que la influencia de España en estas decisiones es nula (“Zapatero sólo genera desconfianza en los países amigos”, decían desde las filas del PP). Hoy domingo (día de la redacción de este texto) hemos despertado con la noticia de que Bruselas va a ensayar con España, Portugal y Francia una nueva estrategia anticrisis, con una austeridad menos severa. Esto me genera todavía más inquietud, no estoy segura si me apetece ser conejillo de indias; preferiría levantarme y decir BASTA.

Según Kant, se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar; esto me da al menos una certeza: los españoles somos muy, muy inteligentes. “Ya entiendo lo del Principio”, me dijo mi vecina, un poco harta de escuchar atentamente mis reflexiones semanales en voz alta. ¡Pobre!. Pero eso es lo que tiene la amistad.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro / 29 de abril de 2013

Fiscalidad al servicio del Bienestar

En junio del año pasado el Premio Nobel de Economía Paul Krugman advertía en su habitual columna en el diario “El País” que: “La recuperación económica nunca ha sido el objetivo; la defensa de la austeridad siempre ha pretendido utilizar la crisis, no resolverla”.

Y, en efecto,  de forma cada vez más clara los ciudadanos tomamos conciencia de que las medidas de corte conservador que se están aplicando “teóricamente” para “sacarnos de la crisis”, lo que consiguen, en realidad, es empeorar la recesión económica, beneficiar a los poderosos y laminar nuestro Estado del Bienestar. En una palabra, que la pretendida austeridad se convierte en austericidio para la gran mayoría de ciudadanos.

Los ataques contra el Estado del Bienestar no son nuevos, al contrario, lo que pretende la derecha europea es, como buenos cachorros, culminar la obra que se puso en marcha en la década de los 80 bajo el liderazgo de Reegan y de la recientemente fallecida Margaret Thatcher .

Esos ataques se han producido en muchos frentes. Primero intentó trasladarse la idea de que el Estado del Bienestar sólo beneficiaba a quienes querían recibir ayudas sociales “para vivir a costa de los demás” intentando estigmatizar a quienes en un determinado momento requieren de protección social, y ocultando que los más beneficiados por dicha protección somos en realidad las clases medias, básicamente, querido lector, la gente que, como usted y como yo, dependemos de un sueldo, o somos autónomos o tenemos una pequeña empresa que con trabajo y esfuerzo nos permite sacar adelante a nuestra familias.

De hecho como pone de manifiesto Tony Judt en su excelente libro “Algo va mal”, el carácter universalista que se dio a la educación pública, a la atención médica gratuita  a las pensiones o al seguro de desempleo, hizo que las clases medias dispusieran de más renta disponible que en ningún otro momento de la historia lo que a su vez permitió una mayor capacidad de consumo que generó mayor actividad económica y a su vez más riqueza, destruyendo el mito que pretende establecer que una sociedad igualitaria, y con mayor capacidad de ascenso social, acabaría con la competitividad y lastraría el crecimiento económico.

En el marco de la crisis actual, a estos ataques tradicionales se une una perspectiva regional en el seno de la UE. Me explico, se está intentando trasladar por parte de los gobiernos conservadores del norte, fundamentalmente Alemania, que los países mediterráneos hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades y que por tanto ahora tenemos que reducir nuestro gasto público, “apretarnos el cinturón”, y para ello tenemos que renunciar a los derechos laborales y sociales que tanto nos ha costado conseguir.

Pero los datos desmienten esta visión que de forma tan entusiasta ha asumido la derecha española, a la que el Estado del Bienestar tanto disgusta.  El gasto público español se sitúa en el 45% de nuestro PIB, cuando la media de los países de la eurozona se sitúa en el 49,5 %, y países como Francia, Dinamarca o Finlandia superan ampliamente el 55%.

Por tanto, el principal problema de la economía española no es un gasto público excesivo y, por ello, una política basada en recortes y el desmantelamiento del Estado del Bienestar no nos va a sacar de la crisis sólo va a conseguir que unos pocos se enriquezcan mucho y que la gran mayoría seamos más pobres y estemos más desprotegidos cuando la crisis remita.

Hacia donde debemos dirigir la mirada, es hacia la orilla de los ingresos y descubriremos un sistema fiscal que, sobre todo desde las reformas de 1998 y 2003, es  injusto e ineficiente. Por el fraude, por las oportunidades de elusión que ofrece, por los privilegios que concede a los poderosos y por la complejidad y costes que impone a empresarios y trabajadores cumplidores.

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Actualmente, el peso de los ingresos públicos recae de forma casi exclusiva sobre las rentas del trabajo medias y bajas que soportan directamente el 90% de la presión fiscal, 9 de cada 10 euros recaudados. El euro restante es el que proviene de la imposición a la riqueza y el capital.

Por tanto, si queremos mantener nuestro Estado del Bienestar y avanzar hacia un nuevo modelo productivo en el que los recursos se destinen fundamentalmente a innovación y desarrollo, debemos llevar a cabo una profunda reforma fiscal cuyo objetivo es que aumenten los ingresos sin subir los tipos impositivos a los que ya pagan, y haciendo que paguen los que no lo hacen o pagan menos de lo que deben.

Un ejemplo puede aclarar esto, comparemos una familia residente en Madrid con unas rentas salariales de 20.000 euros, con otra que tenga un patrimonio de 2 millones de euros, la primera pagaría íntegramente el IRPF y tendría dificultades para acceder por ejemplo a una guardería pública, mientras que la segunda podría tener una rentabilidad del 3% de su patrimonio (60.000 euros) y mientras no haga efectiva la liquidación, no tendría que tributar por IRPF, e incluso tendría mas facilidades para acceder a esa guardería pública.

Para luchar contra el fraude y las operaciones de ingeniería fiscal sería necesario integrar en un mismo impuesto la renta y el patrimonio, tal y como se hace por ejemplo en Holanda.

Por otra parte, las reformas fiscales a nivel nacional tienen que ir acompañadas por medidas a nivel europeo y global. Y aquí es inexcusable avanzar en la lucha contra los paraísos fiscales (sólo en España el 80% de las empresas del IBEX operan en alguna medida en paraísos fiscales) y el establecimiento de una tasa a las transacciones financieras internacionales.

Termino con un dato para la reflexión, el establecimiento de la citada tasa (aunque fuera de tan sólo un 0,05%) permitiría recaudar alrededor de 300.000 millones de euros anuales. ¿Cuántos retos (cambio climático, pobreza, paro etc..) podrían enfrentarse con ellos?

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro / 22 de abril de 2013

NOSOTROS Y LOS OTROS

¿Cómo empiezas a elaborar tus artículos del periódico?, me preguntó mi vecina, seguidora de mis escritos de cada dos semanas (es muy lógico, teniendo en cuenta que es una de las grandes protagonistas de todos éstos). Le contesto que tengo dos fuentes de inspiración; la primera y la más importante, los sucesos diarios, lo que va ocurriendo en nuestro país y que me parece necesario destacar por su trascendencia en nuestra vida cotidiana; la segunda, la lectura de frases que me hacen parar y reflexionar, cuando estoy leyendo algún texto escrito.

Creo que estas frases son la antesala de los ya famosísimos tuits (los pretuits las denominaría yo, añadiendo una nueva palabra al vocabulario español), puesto que son capaces de transmitir una idea rotunda e impactante, con muy pocas palabras. Esto me sucede en muchas ocasiones, pero una de las que más recuerdo me ocurrió leyendo un artículo de Rosa Montero, en el que, haciendo referencia a las actuales sociedades multiculturales y al hecho de la inmigración, ella escribe: “Nosotros, que somos los otros para ellos”.

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Y yo, que llevo bastantes años impartiendo materias de educación intercultural e investigando y escribiendo sobre este tema, me detengo y pienso en la enorme importancia del pensamiento de la escritora, porque contiene la base de la convivencia ciudadana. Les explico que, aunque en ocasiones se utilizan sin distinción los términos multiculturalidad e interculturalidad, existen grandes diferencias entre los dos conceptos y una de las fundamentales es cómo entienden las relaciones entre los distintos grupos. La multiculturalidad, defiende la diversidad cultural, lo que implica el respeto y la valoración de “los otros”. La interculturalidad va mucho más allá y centra su atención en “nosotros” y “los otros”, lo que nos lleva al diálogo, al derecho a la diferencia y a la propia identidad y a la tan necesaria interrelación entre todos; esta forma de entender la convivencia es una opción por la que las comunidades pueden optar o no.

Saber con claridad cuál es la elección, es el primer paso para comenzar a elaborar cualquier plan, pacto o como lo queramos llamar, que pretenda mejorar las relaciones entre una ciudadanía muy plural (¿y cuál no lo es?). Si no, no vamos bien.

Por todas las acciones que implican, esta aclaración terminológica es siempre fundamental, pero se necesita todavía más en épocas de crisis, porque estoy convencida que en malos tiempos, puede aumentar la solidaridad interna (podemos denominarla “nacional”), pero claramente decrece la solidaridad hacia otros países muy necesitados de ayudas externas.

Desde hace algún tiempo, es fácil escuchar por parte de algunos grupos de ciudadanos, frases como “antes lo de aquí que los de fuera” o “si volvieran a sus países de origen, habría menos paro”, etc.  Es evidente que no comparto esas afirmaciones, pero lo que considero más preocupante es que esta separación entre “nosotros” y “los otros” se vea aumentada por  muchas de las acciones que el gobierno del Partido Popular está llevando a cabo desde que gestiona el país. Entre otras: alrededor de 150.000 inmigrantes irregulares que viven en España llevan más de 6 meses sin asistencia sanitaria normalizada, vulnerando, con esta medida injusta e inhumana, el derecho a la salud; las ayudas españolas a la Cooperación al Desarrollo prácticamente han desaparecido, provocando la interrupción de muchos programas educativos, sociales y sanitarios en países que sobreviven gracias a dichas aportaciones; el Ministerio de Justicia pretende elaborar una ley que considere delito ayudar a los inmigrantes sin papeles; este mismo ministerio quiere crear un examen común y oficial para la consecución de la nacionalidad y añadiendo a los motivos ya existentes para la retirada de la misma, la posibilidad de hacerlo “por razones imperativas de orden público o de seguridad o interés nacional”.

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Tan poca concreción en esta última idea me genera preocupación e inquietud, no lo puedo evitar. Por cierto, he leído en prensa que a un inmigrante senegalés le han denegado la nacionalidad española, después de llevar más de diez años residiendo en nuestro país, por no saber, entre otras cosas, el nombre de la mujer de Mariano Rajoy.

Espero que a los oriundos no nos evalúen el grado de integración en la sociedad, porque les aseguro que, con preguntas como esa, yo tampoco hubiera aprobado. ¡De película!.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro / 15 de abril de 2013

Democracia vs. Desigualdad

El pasado 4 de abril se cumplió el 45 aniversario del asesinato de Martin Luther King por un segregacionista blanco en el motel Lorraine de Menphis (Tennessee).

Sin duda alguna, Luther King será siempre recordado como la figura crucial del movimiento por los Derechos Civiles para los afromericanos en EE.UU., como la persona que, con las únicas armas de la palabra y la desobediencia y resistencia civil no violenta, supo cohesionar y dirigir los deseos de una parte de la población estadounidense que quería una verdadera libertad, alcanzando derechos tan básicos como el  sufragio sin restricciones o la no segregación en el ámbito y espacios públicos.

Sin embargo, la grandeza de esta titánica labor hace olvidar con frecuencia que la acción del Reverendo King no se limitó a los derechos civiles de los afroamericanos sino que con la amplitud de miras que caracteriza a las personas llamadas a ser verdaderos “profetas de su tiempo”, fue un incansable activista en la lucha contra la pobreza y todas las desigualdades sociales.

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Para King la segunda fase en el movimiento de los derechos civiles era la lucha contra la pobreza no sólo de los afroamericanos sino del conjunto de la población, analizando su origen, atacando las causas de la desigualdad, para el “la verdadera compasión es más que dar una limosna a un mendigo;  sino que permite ver que un edificio que produce mendigos necesita una reestructuración”. Tal vez, porque estos planteamientos que, como el mismo reconocía en privado, lo situaban en los postulados del socialismo democrático, son un verdadero tabú en EE.UU., esta parte de su actividad es mucho menos conocida.

Sin embargo, en la defensa de estas ideas King, en realidad, estaba recogiendo la parte, sin duda, mas bella de la tradición en la que se fundaron los EE.UU., la del republicanismo cívico, que hizo que esta nación a finales del siglo XVIII se convirtiera en la luz de una nueva era de democracia frente a los regímenes absolutistas imperantes hasta entonces. Una idea que se basa en concebir la Libertad como No Dominación, en la convicción de que la verdadera libertad es que ninguna persona  puede estar sometida a la dominación de otra. Y para evitar esto es necesario que el Estado adopte las medidas necesarias para que ninguna persona se encuentre en la necesidad de estar sometida a otra, y al mismo tiempo que ese poder estatal este sometido a un control que evite que se convierta en un agente de dominación. Garantizando la separación de poderes, la aplicación a todos del Estado de Derecho, o la elección por periodos limitados de quienes ejercen ese poder, pero sobre todo, haciendo de la transparencia la base del buen gobierno, garantizando que los individuos y colectivos puedan exigir al Gobierno que justifique lo que hace.

En el plano de las políticas sociales, este planteamiento exige que todo el mundo esté protegido contra la pobreza, que tenga acceso a cobijo y vivienda y disponer de las oportunidades reales de llevar a cabo una vida económica dentro de la sociedad. En definitiva, que no haya personas que se vean obligados a poner su vida bajo la dominación de los que mas poseen.

Desde ese momento, a lo largo de la historia, la formación de las sociedades modernas han marchado sobre dos ruedas, una la del mercado que se ha convertido en el distribuidor de bienes y servicios pero al coste de generar una gran desigualdad y la otra la de la democracia política que ha servido de elemento corrector, generando igualdad.

Una parte esencial de la legitimidad que los pueblos han reconocido a las instituciones democráticas se fundamenta en su capacidad para corregir los desequilibrios, las desigualdades que genera un capitalismo de mercado no sujeto a regulaciones.

Precisamente, uno de los aspectos que la crisis financiera global que se inicia en 2008 ha puesto de manifiesto de forma más clara es que la ideología neoliberal que ha impuesto que los mercados no estén sujetos a ningún control político estatal, ha generado una enorme desigualdad en la distribución de las riquezas y los recursos.

Y, en sentido contrario, cuando los ciudadanos percibimos que muchas decisiones que afectan a aspectos fundamentales de nuestra vida nacen de organismos o entidades financieras que no han sido elegidas democráticamente, nuestra fe en las instituciones democráticas se resiente, se produce una desafección frente a ellas que las debilita, generándose un círculo vicioso que abre la puerta a populismos que no aportan nada o a planteamientos de extrema derecha que quieren garantizarnos seguridad a cambio de nuestra libertad.

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Cuando hoy, ante la visión de miles de familias que son desahuciadas de sus hogares, ante la realidad de cientos de miles de personas jóvenes y mayores que han perdido sus empleos, o ante la evidencia de que cada día se engrosan las listas de los hombres, mujeres y niños que se encuentran en situación de pobreza, exigimos una legislación que establezca un nuevo modelo hipotecario que pare los desahucios, una legislación laboral que dé marcha atrás a una reforma que ha convertido en precarios a todos los trabajadores o una legislación que garantice un mínimo social a cualquier familia para que no se vea ante el riesgo de la indigencia.

Lo hacemos, en primer lugar, por un imperativo moral, porque la política ante todo debe salvaguardar la dignidad de la persona, en segundo lugar, por una cuestión de justicia, porque la riqueza que hemos creado entre todos de verse repartida teniendo en cuenta las necesidades de todos, y en tercer lugar, para defender nuestra democracia porque sólo se puede ser verdaderamente libre cuando se garantiza una igualdad real y efectiva entre todos y todas.

En definitiva, frente a los que anuncian que para ser económicamente competitivos tenemos que perder en derechos y en igualdad, es el momento de fortalecer nuestra convicción democrática sustituyendo el circulo vicioso al que antes hacíamos referencia por un “círculo virtuoso” como el que propone Maquiavelo en sus “Discursos”, elaboremos buenas leyes porque ellas darán lugar a las buenas costumbres y a los buenos hábitos sociales que a su vez harán más fácil impulsar y elaborar buenas leyes para todos y todas.

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro / 8 de abril de 2013