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Yo sí creo en los políticos

Muchos ciudadanos hemos recibido a lo largo de la semana, a través de las distintas redes sociales, mensajes como este: “El gobierno y la oposición no han perdido poder, ni dinero, ni viajar en primera clase, ni derechos. Son corruptos, no les importamos. Cuando pierdan las elecciones llevarán los bolsillos llenos y los que vengan sabrán que pueden hacer lo que quieran con un pueblo sumiso, cansado y pobre.”

A quienquiera que lance estas soflamas, le pregunto qué persigue con ellas; qué espera entonces de un Estado en el que los políticos no tienen cabida; qué modo de gobierno escogería para la sociedad actual.

Es cierto que en la encuesta que el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de enero de 2013, los españoles sitúan los partidos y a los políticos como el tercer motivo de preocupación después del paro y los problemas de índole económico, y este hecho, como no podía ser de otro modo, debe preocuparnos y obligarnos a reflexionar, pero no podemos dejarnos llevar por discursos populistas y encendidos que quizá, no tienen tan buenas intenciones como quieren hacernos creer.

No debemos olvidar que los políticos no forman parte de castas, son ciudadanos y salen de la sociedad que entre todos hemos creado y compartimos, son elegidos por nosotros y se erigen en portavoces del pueblo, porque esa es la manera en la que la ciudadanía puede gobernar en democracia. Por lo tanto, les debemos exigir toda la responsabilidad y honestidad para desempeñar su trabajo, pero no podemos obviar nuestro compromiso como ciudadanos a la hora de elegirlos o destituirlos cuando llega el momento.

Me niego a caer en afirmaciones simplistas que tildan a todos los políticos de corruptos, tampoco me gusta oír que son “un mal necesario”. Hablo como ciudadana que ha iniciado una nueva etapa en su vida dentro de la actividad política, cuando afirmo que conozco a otros “ciudadanos- políticos” honrados que creen en la función social de la política, que dedican tiempo, del que a veces no disponen, para trabajar por la sociedad, porque piensan que en momentos tan difíciles como los que vivimos, es cuando más nos debemos implicar. Por todo esto, afirmo rotundamente que yo sí creo en los políticos, ahora bien, debemos exigirles las actuaciones necesarias para conseguir devolver la credibilidad que un grupo de corruptos, con la connivencia de muchos, han destruido. Y, muchos, ello estamos.

Mariví Menchacatorre
Publicado en www.digitalmelilla.es / 25 de febrero de 2013

EL SILENCIO

“No me gusta mucho el silencio”, le dije a mi vecina, delante de un humeante café de media tarde. Me ocurre desde que era pequeña y yo creo que ese es el motivo por el que hablar es una de mis grandes aficiones (los que me conocen lo saben muy bien); incluso cuando estoy trabajando con el ordenador necesito un suave ruido de fondo para concentrarme; suelo poner la radio o algún programa de televisión lo suficientemente poco interesante para que no atraiga demasiado mi atención. Mario Benedetti dijo que “no hay nada tan ensordecedor como el silencio”. Totalmente de acuerdo.

No creo que Mariano Rajoy coincida conmigo en este tema (ni en muchos otros, por supuesto), vista su demostrada afición por callar. Haciendo un repaso de todo lo publicado, desde el día que fue nombrado presidente, hace ya un año y dos meses, ha dado 17 ruedas de prensa y sólo cuatro en España; las restantes han sido en presencia de algún miembro del gobierno de otros países y con preguntas limitadas. Pero la mejor ha sido una de las últimas, en la que intentaba aclarar a la ciudadanía la supuesta trama de corrupción en la se ha visto envuelto su partido: en una sala sin prensa y retransmitiéndose a los periodistas a través de un monitor de televisión, por lo que era evidente la imposibilidad de hacer preguntas. “Aquí hay un presidente del gobierno que va a dar la cara y no se va a esconder”, dijo en la única entrevista que ha concedido a un medio desde que se hizo cargo del gobierno. Sin comentarios.

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Pero su afición por los silencios no es de estos últimos días, ya cuando anunció en diciembre de 2011 las personas que iban a componer su ejecutivo, no aceptó preguntas de los asistentes y tampoco ha comparecido para explicarnos los motivos de la ruptura de cada una de su promesas electorales. Nadie olvida su rápida escapada hacia el garaje del Senado para no responder a los periodistas sobre el inesperado recorte de diez mil millones de euros en Sanidad y Educación, después de haberlo anunciado a los medios en una discreta nota de prensa. ¡Vivir para ver!

Esta simpatía manifiesta por los mutismos ha llevado a que ocurra un hecho sin precedentes en la historia de la democracia española: una sesión a puerta cerrada del Congreso de los Diputados, en la que intervenía Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo. Sin periodistas, sin taquígrafos, sin actas…

Yo lo que creo es que Mariano Rajoy es un gran seguidor del refranero español, “decir me pesó, callar no”, “en la duda, ten la lengua muda” dicen dos proverbios muy nuestros. Y a pesar de todo he de reconocer que, en algunas ocasiones, estoy de acuerdo con él; sirva como ejemplo la reciente comparecencia conjunta con Ángela Merkel, en la que, ante la necesidad de información sobre el denominado “Caso Bárcenas”, la respuesta a la prensa fue “todo es falso, menos algunas cosas“. Para eso, mejor no decir nada.

Aunque yo también soy una gran aficionada a la literatura española, en esta ocasión voy a citar unas palabras del escritor ruso Fiódor Dostoievski: “Nadie puede callarse cuando algo se siente”. Y eso es lo que está esperando la ciudadanía, que los que nos gobiernan, sientan ¡y mucho!.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro / 18 de febrero 2013

LA EUROPA QUE NECESITAMOS

Si jugando al Trivial en cualquier reunión de amigos nos plantearan: “pregunta para quesito rosa, “espectáculos”, ¿Con qué canción nos representó nuestra Rosa de España en el Festival de Eurovisión?”, todos los del equipo gritaríamos a coro: “Europe´s living a celebration”. Y, además, tendríamos que reconocer que la pregunta es fácil, porque no en vano la interpretación de Rosa fue el momento más visto en la historia de la televisión española desde que se llevan a cabo mediciones de audiencia.

Parece que fue ayer, ¿verdad?, ese es el poder, queridos lectores, de las imágenes que se gravan en nuestra retina. Pero, en realidad, hace ya 10 años que nos presentamos en ese festival al grito de que “Europa está viviendo una Fiesta”. Y, con toda seguridad, ese optimismo hacia lo europeo era el que sentíamos la gran mayoría de los españoles. Hoy, sin embargo, las encuestas de opinión reflejan el crecimiento de un euroescepticismo preocupante.

Cuando el 12 de junio de 1985, la televisión nos mostró la firma, en el palacio Real de Madrid, del Acta por la que nuestro país se incorporaba a la entonces Comunidad Económica Europea, hoy Unión Europea, todos éramos conscientes de vivir un hecho histórico, un momento único que significaba que España, por fin estaba dónde le correspondía estar, con el resto de democracias europeas. La consolidación de nuestro proceso democrático y una apuesta económica que en ese momento nos llevaba a la mejora de nuestras infraestructuras productivas y a la consolidación de un capital humano formado, preparado y, por tanto, competitivo nos permitía integrarnos en la construcción de ese gran ideal de una Europa unida, próspera y democrática.

 

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Sin embargo, con el tiempo, en el desarrollo de ese ideal ha primado más lo económico que lo político y lo social. La UE ha ido asumiendo de forma paulatina pero inexorable, la agenda neoliberal que se marcaba desde el otro lado del Atlántico, favoreciendo la liberalización absoluta de los mercados financieros, la desregulación de los mercados laborales y la privatización de los servicios públicos.

Y, al mismo tiempo, un marco europeo dominado por partidos conservadores ha dado lugar a que se avance muy poco en la democratización de las instituciones europeas, que hoy siguen muy condicionadas por las decisiones de los jefes de gobierno de los países más poderosos.

Toda esta situación se ha visto agravada, además, por la crisis económica y financiera mundial que en el seno de la unión ha tenido una respuesta dominada por los planteamientos conservadores impuestos por Alemania y que han centrado todos los esfuerzos en una austeridad que solo entiende de recortes sociales y pérdida de derechos. No es una casualidad que en la agenda de la UE, la necesidad de políticas que estimulen el crecimiento y el empleo sólo hayan empezado a considerarse tras la victoria de Hollande en Francia, y el consiguiente reforzamiento de las posturas socialdemócratas en el Consejo Europeo.

Hoy en muchos países, los ciudadanos sienten que de Europa sólo vienen reproches, recortes y “hombres de negro. Y, ante esta situación, no es de extrañar que se levanten voces oportunistas, que desde planteamientos extremistas y populistas, quieren aprovechar el clima de decepción de muchos ciudadanos para intentar acabar con ese sueño de unidad europea.

 

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Sin embargo, hacer caso a quienes defienden el camino de la desintegración sería un monumental error. Primero, porque las naciones europeas no tenemos recursos, ni capacidad suficientes para enfrentarnos por separado a los retos actuales de la globalización, y segundo, porque los valores de unidad, libertad, justicia e igualdad que alentaron el inicio del proceso de unión europea siguen intactos en la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos y son los únicos que nos garantizan la defensa del modelo social, de bienestar, paz y libertades que fuimos capaces de construir en Europa después de la II Guerra Mundial.

No debemos renunciar a esto y por tanto, necesitamos Europa, necesitamos más Europa, pero, sobre todo, necesitamos “otra” Europa, una Europa unida y con una sola voz, que avance hacia una verdadera ciudadanía europea y hacia una auténtica Unión Política, Económica y Social.

En el ámbito político es necesario reforzar el Parlamento Europeo, como órgano de máxima representación de los ciudadanos, otorgándole iniciativa legislativa, atribuyéndole la elección del Presidente de la Comisión Europea y estableciendo un cauce formal de relación con los Parlamentos Nacionales, en definitiva, permitiendo un acercamiento efectivo entre los ciudadanos y sus representantes a nivel europeo, entre los ciudadanos y la toma de decisiones, que en el fondo es la base de toda democracia.

En lo económico, es necesario culminar el gobierno económico del euro, avanzando en la unión bancaria, creando una verdadera unión fiscal, y fortaleciendo la unión monetaria con mecanismos de agrupación de riesgos que hagan menos vulnerables a sus miembros ante ataques externos. Debemos, por tanto, introducir los Eurobonos emitidos por una Agencia Europea de Deuda que termine convirtiéndose en un verdadero Tesoro Europeo a semejanza de la Reserva Federal de EE.UU.

 

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Y en lo social, junto a un pacto de estabilidad económica los europeos debemos dotarnos de un auténtico Pacto Social que se integre en los Tratados y que garantice unos estándares sociales mínimos en toda la Unión, un suelo social intocable en todos los presupuestos que asegure los servicios públicos básico, que garantice las pensiones, una renta mínima y un salario mínimo interprofesional adaptado al coste real de la vida en cada Estado miembro, en definitiva, que mantenga un Estado del Bienestar sostenible.

Todos nos acordamos del estribillo de la canción de Rosa en Eurovisión, lo que a lo mejor hemos olvidado es una estrofa que dice “no se oirán jamás las voces que no nos dejen dar el paso final. Si vive en nosotros la pasión y brilla una luz en tu interior”. Pues eso, lo dicho.

Gregorio Escobar

Publicado en El Faro / 11 de febrero 2013

Compañero del alma, compañero

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Hoy me atrevo a tomar prestado este verso de uno de mis poetas favoritos, Miguel Hernández, escrito para expresar el dolor por la muerte de un amigo, para intentar transmitir la inmensa sensación de pérdida que hemos tenido todos aquellos que tuvimos el privilegio de gozar de la amistad de Ángel Turrión.

Esta semana no podía escribir de otro tema. Se lo debemos a él por ser un hombre excepcional. Y que conste que no lo digo como dirigente socialista, sino como persona. Ángel Turrión, nuestro Turri, era un emblema en el PSOE de Melilla, pero por su forma de ser, por su enorme corazón, por su compromiso en tantos y tantos ámbitos de la ciudad, por su defensa de los más débiles, por su forma de ser entregada y generosa, era una persona querida en toda la ciudad.

Por eso estoy seguro que alguien como Miguel Hernández, que demostró como nadie el valor del compromiso por los demás, no sólo entendería sino que, con toda seguridad, aplaudiría que se utilicen sus versos para rendir homenaje a una persona ejemplar.

Turri era un melillense que, como otros a lo largo de nuestra historia, no nació en Melilla. Llegó aquí cuando destinaron a su padre, militar, a nuestra ciudad, siendo él muy joven, y aquí decidió quedarse, construir su hogar, hacerla su Tierra y dedicarle para siempre sus esfuerzos en el ámbito de la cultura, de los movimientos juveniles, de la educación, de la acción sindical y también en la política que en él se expresaba como esa actividad noble al servicio de los ciudadanos, como esa actividad que transforma la realidad según los valores de Libertad, Igualdad, Solidaridad y Justicia que siempre fueron sus ideales.

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Para Turri sólo había una manera de afrontar las cosas, dando un paso al frente. De esta forma  fue Vicepresidente del Consejo de la Juventud desde su fundación en 1999 hasta 2002, pero ya antes había participado en el Consejo de la Juventud puesto en marcha por la socialista Neus Casas.

Y así también fue Socio de Summa Artis y Amlega, asociación de la que actualmente era Vicepresidente, y de la que recibió el Premio Arco Iris este mismo año por su defensa de los derechos y la libertad sexual del colectivo LGTB.

Y como sus inquietudes no le permitían decir no, desde hace 6 años fue secretario de la Federación de Asociaciones de Madres y Padres de Melilla (Feampa) y Presidente del AMPA del centro educativo Anselmo Pardo y miembro del Foro de la Educación.

Rockero y amante de la música como pocos, formó parte de diferentes bandas de la ciudad. Por eso desde el PSOE cuando creamos hace dos años, el certamen de Pop-Rock para que grupos locales pudiesen darse a conocer en nuestra Caseta durante la feria, no hubo ninguna duda sobre qué nombre ponerle a este certamen. Le pusimos Turri, en su honor, pero también como reconocimiento de su participación y apoyo a los grupos musicales locales.

Socialista de una pieza,  formó parte de la Ejecutiva del partido como Secretario de Cultura desde 2004 a 2012, pero por encima de que tuviese un cargo o no, fue un trabajador nato. Cuando de trabajo se trataba, Turri siempre era el primero en llegar y el último en irse. Trabajador incansable, a él siempre le caracterizó la humildad. Lo de Turri era el trabajo callado y entre bambalinas, pero trabajo de verdad, del indispensable.

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Hizo de su trabajo como organizador sindical de UGT, su vocación, estando siempre en la primera línea de la defensa de los derechos de los trabajadores. Algo que le sirvió para que se le conociese en toda la ciudad, por su enorme corazón y su forma de ser generosa y entregada, y que todo aquel que le conocía le quisiese y le apreciase. Por eso, el mejor homenaje que he escuchado estos trágicos días fue el de una persona que en su entierro  dijo, estoy aquí porque, yo sólo lo conocía de una vez que tuve un grave problema con mi empresa, y se desvivió hasta que lo solucionó.  El homenaje de un trabajador a un auténtico compañero.

Su look roquero, con su eterno tupé, sus botas o sus grandes y brillantes zapatos y su inseparable cigarro negro le hacían inconfundible, pero su buen humor, su optimismo, su energía, y su actitud siempre inalcanzable al desaliento es lo que le hacían inigualable.

Esta ciudad le debe mucho. Como buen socialista  fue un ejemplo de valentía y de defensa de los valores democráticos. Lo demostró tanto en la denuncia de los símbolos franquistas como en el conflicto del convenio del Centro de Menores del  Baluarte, y, a pesar de las presiones, nunca dobló la rodilla, convirtiéndose en referente de sus compañeros y de todos los progresistas de la ciudad y es que Turri siempre fue un ejemplo de dignidad.

Decir adiós a un amigo, a un ser querido, siempre es difícil, pero lo es mucho más cuando hablamos de un hombre bueno, de un hombre íntegro, de un hombre valiente. Y es que lo peor no es que perdamos a un compañero y a un amigo, lo peor es que Melilla pierde a una buena persona, a alguien irrepetible.

He empezado tomando prestado un verso, y acabo, sin que me importe, con el plagio descarado de una canción que, mas de una vez, compartimos con otros compañeros y compañeras. Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia. Seguiremos adelante, como junto a ti seguimos. Hasta siempre, Turri.

Gregorio Escobar
Publicado en El Faro / 17 de diciembre 2012

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Los abuelos

Salía ayer corriendo de casa (como habitualmente) cuando casi choco con mi vecina en el portal. “¿Dónde vas con tanta prisa?” –me dijo-, “tengo una reunión dentro de quince minutos” –le contesté-, “he dejado a los niños con los abuelos hasta que yo termine, esta tarde va para largo”. Camino del coche pensé en la inestimable ayuda que he tenido siempre por parte de mis padres; ellos han trabajado mucho, muchísimo, para que mis hermanos y yo (somos cuatro) hayamos podido ser en la vida lo que hemos querido. Mi madre creció en la época en la que los varones tenían total prioridad para estudiar y buscar un desarrollo profesional y ella, habiendo sido y siendo una mujer muy feliz con su vida familiar, siempre ha puesto su máximo empeño en que todos fuéramos a la Universidad, pero especialmente mi hermana y yo, para que nosotras realizáramos lo que ella, por muchas circunstancias, no pudo hacer.          Mi hija mayor tiene 13 años (ya la conocen, aquella con la que discutía en un artículo anterior, por ser la “madre más estricta de todas sus amigas”) y, desde su nacimiento, he podido hacer todo lo que hago gracias a las dos abuelas y a los dos abuelos, porque tengo la suerte de contar con unos suegros tan importantes para mí como mis propios padres. Ellos, los cuatro, que ya han criado a sus hijos y ahora les toca descansar de “trajines y follones”, están siempre disponibles y dispuestos a responder afirmativamente a las esperadas preguntas: ¿os podéis quedar mañana con los niños?, ¿podéis recogerlos esta tarde de las actividades?, etc…

 

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Soy una persona muy agradecida y, por tanto, muy consciente de todo lo bueno que tengo a mi alrededor (que es mucho), pero también tengo mucha empatía y siento de una forma muy profunda el sufrimiento ajeno. Por este motivo, no puedo evitar ponerme en el lugar de esos abuelos que, con motivo de la dura situación que está viviendo nuestro país, han vuelto a ser el sostén económico de muchas familias. Actualmente hay casi dos millones de hogares españoles en los que ninguno de sus miembros está empleado y, en muchos de ellos, la pensión de jubilación de los mayores es lo que está ayudando a la supervivencia de hijos y nietos, disimulando la pobreza real de dichas familias. No era esto lo que esperaban los abuelos, no es el orden natural de la vida y tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para impedir esta situación, para volver a sentir que “ser mayores” es una etapa de descanso, de relajación, pero también de nuevos e ilusionantes proyectos de vida.

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Leí un interesante artículo en un periódico digital sobre este tema y su autor, Alfonso González, declaraba que, si a pesar de los casi seis millones de desempleados, no se ha producido en nuestro país un profundo estallido social, ha sido por los denominados “estabilizadores automáticos” (prestaciones por desempleo y subsidios, educación y sanidad públicas) y por las redes de solidaridad familiar, especialmente las ayudas económicas aportadas por los jubilados a sus familias. Ahora bien, con las duras e injustas políticas económicas y sociales que está aplicando este gobierno, estos estabilizadores se están derrumbando y, además, nos levantamos ayer con la noticia (que algunos teníamos muy claro que se anunciaría en cuanto culminaran los procesos electorales pendientes) de que no se revalorizarían las pensiones, por lo que 8.1 millones de pensionistas de España perderán poder adquisitivo. Las dos noticias las leí el mismo día y, ante mi tristeza, lo primero que se me ocurrió es ir corriendo a las  casas de los abuelos a darles innumerables besos y decirles lo que a veces, por las prisas y el agobio diario (yo soy especialista en esto), se nos olvida: que los quiero y que les agradezco enormemente todo el esfuerzo que han hecho y hacen por nosotros y que siempre recuerdo una frase que leí hace algunos años, que se quedó en mi memoria: “los abuelos y las abuelas son unos maravillosos padres con un montón de práctica a sus espaldas”. HOY ME TOMO LA LIBERTAD DE DEDICARLES A TODOS ELLOS ESTE ARTÍCULO.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro / 3 de diciembre de 2012

Invisibilidad ciudadana

El miércoles por la tarde fui a tu casa a verte, pero no estabas –me dijo mi vecina en el ascensor-. No -le contesté- fui a la manifestación, junto a un buen grupo de ciudadanos y ciudadanas. Ella, algo ruborizada, me comentó que había pensado ir, pero que al final no lo hizo porque creía que por mucho que la gente protestara, nada cambiaría si los que tienen la mayoría absoluta no están dispuestos a hacerlo. Le dije que no debía avergonzarse por no haber asistido, que uno de los grandes avances de este país es el de poder tomar tus propias decisiones con libertad. Haciendo un poco de historia, le recordé que la primera huelga general reconocida en España fue en el año 1855 y ha habido varias hasta el comienzo de la dictadura franquista, periodo en el que fue imposible cualquier manifestación sindical y, por supuesto, mucho menos, una convocatoria de huelgas; hasta la etapa de la transición, los españoles no volvimos a tener la posibilidad de –como leí en el periódico El País hace unos días-, emplear este gran recurso democrático que tiene la capacidad de acoger el descontento de la ciudadanía. Pero –me comentó mi vecina-, se están volviendo a oír algunas voces que hablan de limitar el derecho a la huelga e incluso Mariano Rajoy alabó a aquellos que se quedaban en casa, que no se unían a las protestas. ¿Sabes qué ocurre? –le respondí-, que este gobierno tiene todo un récord y es que en menos de un año se han convocado dos huelgas generales y, según escuché ayer en un programa de televisión, ha habido, en el 2012, cerca de 30.000 protestas en la calle; creo que piensan, que lo mejor para estos difíciles momentos que estamos viviendo es, lo que yo llamaría la “invisibilidad ciudadana”: si el problema no se ve, no existe; si nadie protesta, es que hay apoyo a nuestras decisiones. Y te aseguro que es una actitud muy, muy equivocada. Por muy claro que tengamos que no van a variar sus políticas de recortes y de obsesión por el déficit, yo sigo convencida de que estos actos sirven para remover conciencias y provocar en los que gobiernan, al menos, ciertas dudas sobre las decisiones tomadas o las que se vayan a tomar y que afectan tan directamente al bienestar de la gente.

La historia ha demostrado que estas manifestaciones sí pueden cambiar la sociedad y como ejemplo, la marcha feminista de sufragistas en Londres, en 1906, que consiguió el voto  de las mujeres en Inglaterra, o la del famoso 1 de mayo, en la que los trabajadores reivindicaban lo que hoy nos parece un derecho incuestionable (en estos días, no tanto), la jornada laboral de ocho horas. La movilización obrera ha conseguido, en nuestro país y en muchos otros, grandes logros que han cambiado el rumbo del mundo. ¡Qué mala memoria tenemos los españoles! –añadió mi vecina-, a veces nos olvidamos de que mucho de lo que los trabajadores hemos conseguido a lo largo de nuestra historia, ha sido gracias a las negociaciones de los sindicatos con los diferentes gobiernos. Es cierto –le contesté- y por eso, en este momento en el que estamos retrociendo en derechos laborales y sociales, no podemos caer en lo que llamaría “desafección sindical” (aludiendo a la tan famosa “desafección política”); no podemos creer a aquellos que intentan convencernos de que la labor de los sindicatos actuales es prácticamente innecesaria, porque “aquellos”, son los mismos que aprueban leyes que nos desprotegen y nos hacen retroceder.

Las manifestaciones para pedir mejoras de las condiciones de vida es algo que se hace desde casi el comienzo de la historia del ser humano (dicen los entendidos que la primera huelga general fue en tiempos del faraón Ramses III, en al año 1166 ac) y este derecho es de toda la ciudadanía, no debe entenderse que pertenece a “unos” o a “otros”; la calle es el servicio más público del que todavía disponemos y, siempre de forma pacífica y respetuosa, es un buen altavoz para la ciudadanía; no es positivo para el progreso de la sociedad que los gobernantes apaguen su volumen. Martin Luther King dijo que “tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros” y yo estoy de acuerdo, muy de acuerdo.

Gloria Rojas
Publicado en El Faro el 19 de noviembre de 2012

Un espacio de reflexión

La actualidad manda y, el ritmo vertiginoso de los acontecimientos hace que nos veamos inmersos en el corre-corre del día a día. Un ritmo que, en demasiadas ocasiones está reñido con una (necesaria) reflexión más sosegada y profunda.

Ciudadanos progresistas de Melilla, se toman la libertad de hacer esa reflexión. Desde la humildad, pero desde el compromiso con esta tierra y con sus conciudadanos.

Desde el respeto, pero con la contundencia que da la coherencia y el trabajo realizado hasta ahora.

Desde la calma, pero desde la firmeza de saber que no hay crisis que sirva de excusa para atacar los derechos de los ciudadanos ni traspasar las líneas rojas que han hecho grande este país y un ejemplo a seguir en el mundo entero, como es la Sanidad Pública y universal, la educación, los derechos civiles, la Ley de Dependencia…

Desde lo global, pero teniendo siempre, siempre Melilla en el corazón.

Un espacio de reflexión que queremos que sea tuyo, nuestro, de todos.

Muchas gracias

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